La tía Selva insistía que un día escribiría un libro que se llamaría EL PRECIO… el precio de vivir, decía y se quedaba mirando la nada, que era mirar todo lo que le entristecía el gesto.
Y yo le respondía, que si supiera hacerlo, yo escribiría uno sobre ella,. Ese personaje que fue tejiéndose entre realidad y fantasía: la tía Selva, como su nombre, avasallante, indómita, colorida pero también oscura e insondable.
Otro día empezaré desde el principio. Hoy comienzo a enhebrar cuentas de cuentos, esos relatos que siempre terminan imponiéndose en las reuniones familiares y que la convierten en el centro de la fiesta. También esto merece un capítulo aparte.
Tía Selva tenía una pasión: la medicina; pero para complacer a su padre, se recibió de profesora de literatura e idioma español. Ejerció la docencia durante varios años y en forma bastante pintoresca, pero ya veterana decidió reciclar su bachillerato para poder ingresar en la Facultad de Medicina. Comprendió que la carrera era demasiado larga y optó por hacer podología médica y la ejerció concienzudamente hasta los 85 años.
Una tarde una vecina muy pituca y con la que se odiaban cordialmente le pide una cita. Ella que hacía el Juramento Hipocrático cada mañana junto al desayuno, le dio hora para el día siguiente.
Esta señora bastante afectada al hablar le dice:
-¡Ay Selva qué atenta que eres, te agradezco que hayas accedido a atenderme, porque estoy tan dolorida y mi podóloga está en Punta del Este!...
-Es sencillamente un tema de ética, me debo a mis pacientes, dijo cortante tía Selva
-Si claro, pero te confieso que me produce cierta incomodidad verte así a mis pies (Selva estaba en una silla más baja que la butaca de la señora)
-No veo por qué te sentís incómoda: yo estoy a tus pies pero vos, vos estás en mis manos.
Allí quedó concluido el diálogo.
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